La mañana del 11 de marzo de 2004, Daniel Ortega sale tarde de casa y pierde el Cercanías que suele utilizar para ir al trabajo. Toma el siguiente. Cuando llega al entorno de Atocha, Madrid acaba de sufrir una cadena de explosiones en varios trenes. En medio de la confusión de la calle Téllez, Daniel ayuda a una mujer gravemente herida. Antes de que los servicios de emergencia se hagan cargo de ella, la mujer coloca en su mano una pequeña llave y pronuncia un único nombre: Lucía. Días después Daniel descubre que se llamaba Teresa Morales y que murió como consecuencia del atentado. También logra averiguar quién es Lucía, su hija de doce años. Pero no entrega la llave. Primero porque cree que no es el momento. Después porque ya ha pasado demasiado tiempo. Durante veinte años transforma aquella demora en una deuda privada. En 2024, al encontrar accidentalmente a Lucía ya adulta, Daniel tendrá que decidir si devolverle aquello que nunca le perteneció y aceptar que ninguna entrega puede convertir su supervivencia en algo merecido. ¿Cuándo deja de ser prudencia esperar y empieza a convertirse en cobardía?
El despertador sonó a las seis y treinta y cinco, con una insistencia seca que no llegaba a ser estridente porque Daniel lo había comprado precisamente por eso, para no empezar el día con un sobresalto, aunque aquella mañana lo apagó después del tercer pitido y se quedó unos segundos con la mano encima, notando bajo los dedos el plástico tibio de la mesilla. —Daniel. La voz de su mujer llegó desde el otro lado de la cama, todavía espesa de sueño. —Ya voy. No iba. Tenía que afeitarse, ducharse, preparar el café y encontrar las llaves, que la noche anterior había dejado en algún sitio distinto del cuenco de cerámica azul junto a la puerta, un cuenco que había comprado ella en una tienda de…